SE dice que un día un hombre fue a visitar al mismísimo Al Capone –quien tal vez no fue el gángster más poderoso, pero sí el más popular por la forma en que se burlaba de la ley–, a ofrecerle un negocio.
Este hombre se presentó como el conde Víctor Lusting –de origen checoslovaco–, y le prometió a Capone que si le daba un préstamo de 50 mil dólares, en sólo un par de meses duplicaría la cifra gracias a un “sistema de inversión infalible”.
Capone miró con atención al supuesto conde y aunque no le creyó una palabra, había algo en su forma de hablar, en sus modales, en su fina vestimenta, que le hizo confiar en el supuesto negocio; así que contó personalmente los billetes y sin mayores preguntas se los entregó a Lusting. Finalmente, ¿quién se atrevería a engañar a Capone sin terminar con zapatos de cemento en el fondo de un río?
–Muy bien, querido conde: lo dejaré duplicar mi dinero. Lo espero de vuelta en 60 días.
Lusting tomó el dinero y de inmediato lo depositó en una caja de seguridad en un banco de Chicago; luego se fue a Nueva York, donde tenía otros “negocios”.









