EL triunfo electoral de Andrés Manuel López Obrador fue contundente, arrollador e inatacable. Supo aprovechar el descontento acumulado de la población, exacerbado aún más durante los últimos tres sexenios en los que la violencia, la corrupción y el descrédito de la clase política se incrementaron a niveles insultantes. De tal suerte que el 53 por ciento del electorado le entregó su confianza para que tome las riendas del país y reencauce el andar patrio.
El haber obtenido su coalición la mayoría en el Congreso de la Unión y en 17 Congresos locales lo faculta, así mismo, para hacer desde cambios nimios a la Constitución hasta la promulgación de una nueva, si se da el caso.
Su anhelo es, y lo ha reiterado incontables veces, encabezar la cuarta transformación de la República, estando esta antecedida por la Independencia, la Reforma y la Revolución. O sea que en su ideal está pasar a la historia nacional junto a Hidalgo, Juárez y Madero. ¿Pretensión muy elevada? Por supuesto que sí. Mas si logra alcanzarla la nación entera se lo agradecería per secula seculuorum.









