PARA finales de 2017 se anunciaba con bombo y platillos el primer trasplante de cabeza en un ser humano, llamado así por sus ejecutores. Este procedimiento que hasta hace algunas décadas parecía materia de ciencia ficción estaría cerca de convertirse en una realidad, gracias al desarrollo de la técnica y de los adelantos médicos.
El principal impulsor era el cirujano turinés Sergio Canavero, a quien algunos han llamado “doctor Frankenstein”, apodo que no le disgusta del todo y del cual se ufana. Este cirujano italiano conoce muy de cerca los experimentos de trasplante de cabeza realizados por el científico ruso Vladimir Demikhov, en la década de los cuarenta, y estuvo muy al tanto de los trabajos del cirujano estadounidense Robert J. White en la década de los setenta, que consiguió trasplantar la cabeza de un mono al cuerpo de otro.
Si bien el procedimiento de White fue todo un acierto médico pues el animal pudo interactuar con su alrededor, no estuvo exento de gran complejidad: la cabeza del mono tuvo que ser cortada y se hubo de conectar a un cerebro que le suministrara sangre para mantenerlo con vida antes de hacer el trasplante. No faltaron las voces de alerta y aquellas que descalificaron esos trabajos, considerándolos quimeras, en el caso de las operaciones del ruso Demikhov o de asuntos sin sentido y con fallas, en el caso del estadounidense White, que no pudo conectar la médula espinal.









