NUNCA un presidente tan bien amado había sido tan odiado, simultáneamente. Andrés Manuel López Obrador supera el 80% de aprobación entre los mexicanos, un récord por donde se le mire en los tres primeros meses de gobierno.
Pero si el odio de los pocos se midiera en decibelios, los tímpanos de muchos estarían ya destrozados. El encono entre sus detractores crece día a día y con ello la intoxicación visceral en la opinión pública. Pueden ser minoría pero pertenecen a la porción de la sociedad que tiene voz y mando en los medios de comunicación y en los círculos económicos y financieros.
El debate se está convirtiendo en dos profundos y enconados monólogos. El presidente y los suyos se legitiman no solo por los enormes márgenes de aprobación a sus políticas públicas sino también por la convicción de estar actuando del lado correcto de la historia.








