(TEXTO DE HACE 48 AÑOS)
Hijo de un padre rezandero y lo llamaban ‘El Coronelazo’

LAS memorias de David Alfaro Siqueiros, “Me llamaban el Coronelazo” (Grijalbo), son el resultado, principalmente, de pláticas que sostuvo el pintor con un periodista durante su último encierro en la cárcel de la Ciudad de México, en el periodo de 1960 a 1964. Fue cuando estuvo acusado de huelguista ferrocarrilero.
Así, Julio Scherer García cada mañana se trasladó a Lecumberri llevando una máquina de escribir portátil dispuesto a transcribir la sabrosa charla de uno de los tres grandes del muralismo mexicano.
Siqueiros nos remite a sus primeros años de vida, transcurridos en compañía de su asombroso abuelo, el ‘Siete Filos’, quien le enseñó en su “escuela de hombres” a portarse como tal a base de balazos y mentadas de madre.
Hijo de un padre rezandero, su infancia se sucedió entre uno y otro extremos, pero siempre le fue inculcado, por ambas autoridades familiares, un profundo respeto por su individualidad.
Posteriormente, ésta se manifiesta cuando el pintor nos relata su encuentro con Diego Rivera en París, reconociendo sin embargo en él al gran maestro, a su guía teórica en lo que se refiere al arte moderno occidental.

En las largas conversaciones que sostuvieron ambos, Siqueiros le contaba a Diego sus experiencias como participante en la Revolución Mexicana, en tanto que éste le transmitía su caudal de conocimientos de la pintura vanguardista de su época, naciendo entre los dos, además de una auténtica amistad basada en la admiración, el inicio de lo que sería el movimiento de pintura mural mexicano.
Hombre hondamente inquieto, Siqueiros se relaciona a lo largo de su vida con diversas personalidades del mundo artístico y político internacional como Charles Laughton, quien fue su más grande mecenas; Charles Chaplin, Pablo Picasso, George Gershwin, a quien le hace un bellísimo retrato, objeto también de divertida anécdota; José Clemente Orozco, Braque, Léger, Paul Eluard, Cárdenas, Nehru, Stalin y otros.

Por otra parte, nos narra también su conocida intervención en la Guerra Civil Española, de donde le vino –en son de burla aplicado por un gachupín de México–, el mote de Coronelazo.
Por lo que se refiere al atentado a Trotsky, Siqueiros no niega la participación efectiva que tuvo en él, pero explica su acción contra el líder marxista como un golpe personal que no corresponde al marxismo-leninismo como tal, ya que la fuerza de éste radica en la acción de masas organizadas y no en actos individuales.

Sin embargo, Siqueiros se compromete en esta acción minoritaria debido al convenio que había hecho con los compañeros de lucha españoles, ya que según ellos era Trotsky, y sólo Trotsky, el responsable de la ‘Matanza de Barcelona’ donde perecieron más de 5.000 personas.
Siqueiros finaliza este capítulo afirmando que por ese delito –considerado así por él–, ha pasado largos periodos en la cárcel y ha sido víctima de una “ofensiva infamante de carácter de escala internacional”.

Esta es una de las dos únicas lamentaciones que aparecen en toda la vida de Siqueiros; la otra, se refiere a su última larga estancia en la cárcel en donde se queja amargamente de la tremenda desesperanza que conduce a la impotencia material de realizar lo que se desea: pintar y ser libre.
Son, finalmente, las memorias de Siqueiros, importantísimo testimonio de un disidente, de un hombre que igualó con su vida al pensamiento, que vio con gran pesar cómo México fue traicionando uno a uno los ideales de la Revolución de 1910 y que luchó, en la soledad muchas veces, porque esto no ocurriera.

Pero, a pesar de ello, “Me llamaban el Coronelazo” dista mucho de ser un libro amargo; es, como su autor, la expresión de una contienda interminable y valiente basada en firmes convicciones.
*Tomado de la revista “Caballero”.
Ciudad de México, Marzo de 1978.
Ventaneando, Miércoles 19 de Agosto de 2026.