CONTRA lo que se piensa, sostengo que el presidente Andrés Manuel López Obrador es un demócrata, aun cuando sea un demócrata camuflado. Sus severos ataques verbales en contra de las instituciones autónomas, los jueces o la prensa, en realidad no van acompañados de una movilización popular, de intervenciones fiscales inventadas, de alguna prohibición unilateral, ya no digamos de un acto de represión. Ciertamente el presidente ha intentado, como lo hicieron sus predecesores, imponer, doblar o neutralizar a los otros poderes para ampliar los márgenes del Ejecutivo y por esa vía la consecución de sus proyectos. La gran diferencia es que AMLO lo hace de manera abierta, estentórea y verbalmente belicosa.
En la polarización gana López Obrador, pierde el país.
DIVIDIR le ofrece al presidente una vía expedita para conseguir la aprobación de las mayorías, pero en la misma proporción disminuye la posibilidad de llevar a buen puerto sus banderas.
Una modesta proposición para vencer a Donald Trump.
MÉXICO ayudó a Donald Trump a convertirse en presidente Estados Unidos en noviembre de 2016 y es clave en la estrategia del mandatario para conseguir su reelección. Lo demostró el martes 18 en su lanzamiento: El muro, la inmigración ilegal y la extorsión con tarifas comerciales serán columna vertebral de un discurso triunfalista encaminado a reeditr el voto de su electorado.
No es un papel que los mexicanos hagan voluntariamente y cabría preguntarse si cabe alguna posibilidad de convertirnos en algo más que convidados de piedra de este buleador. A tirones y jalones hemos podido capotear al personaje durante dos años y medio; la perspectiva de enfrentarlo en un segundo mandato, aún más empoderado y sin nada que perder, podría culminar en una tragedia para la economía y la estabilidad.
Llanto y crujir de dientes.
LOS rasgos pintorescos de Andrés Manuel López Obrador, su rijosidad a ratos incomprensible, sus fatigosas reiteraciones llevan a buena parte de sus críticos a confundir la forma con el fondo. Nos detenemos obsesivamente en el último desliz o en el contratiempo administrativo convertido en escándalo insoportable.
Lo que no vemos es que poco a poco está poniendo las bases para una revolución en el ejercicio de gobierno que habrá cambiado a México en más de un sentido.
El combate al dispendio es un buen ejemplo. La austeridad franciscana que Andrés Manuel Lopez Obrador ha impuesto en el gasto público ha provocado el llanto y crujir de dientes en muchos estamentos de la sociedad mexicana. Los recortes de presupuesto han sido brutales y en muchos casos cuestionables.
El Odio del Presidente bien Amado.
NUNCA un presidente tan bien amado había sido tan odiado, simultáneamente. Andrés Manuel López Obrador supera el 80% de aprobación entre los mexicanos, un récord por donde se le mire en los tres primeros meses de gobierno.
Pero si el odio de los pocos se midiera en decibelios, los tímpanos de muchos estarían ya destrozados. El encono entre sus detractores crece día a día y con ello la intoxicación visceral en la opinión pública. Pueden ser minoría pero pertenecen a la porción de la sociedad que tiene voz y mando en los medios de comunicación y en los círculos económicos y financieros.
El debate se está convirtiendo en dos profundos y enconados monólogos. El presidente y los suyos se legitiman no solo por los enormes márgenes de aprobación a sus políticas públicas sino también por la convicción de estar actuando del lado correcto de la historia.




